Melancolía por lo fugaz en el blog La Biblioteca de Gregorovius




Innokenti Ánnenski (1855-1909) fue el máximo exponente de la primera ola del Simbolismo ruso, sin embargo, su obra influyó notoriamente a la generación de los poetas acmeístas y post-simbolistas, que reaccionaron contra el hermetismo, la polisemia y el misticismo característico de los simbolistas con un lenguaje claro, puro. Así grandes poetas acmeístas, como Anna Ajmátova o Nikolái Gumiliov, lo consideraron su maestro, y a pesar de haber publicado un único poemario en vida, Canciones apacibles, bajo el pseudónimo Ni-któ (Nadie), su obra mereció el elogio y la admiración de Osip Mandelstam y Boris Pasternak.
 
Vaso Roto Ediciones publica una impecable antología en edición bilingüe ruso-español, Melancolía por lo fugaz, con traducción y prólogo de Natalia Litvinova. La poeta bielorrusa afincada en Buenos Aires realiza una excelente labor de traducción al trasladar la emoción del poeta siberiano en un libro por primera vez en nuestro idioma, que nos permite conocerde primera mano una poesía esencial para comprender la evolución de la literatura rusa en la denominada Edad de Plata.
 
El sugerente grabado de cubierta de Víctor Ramírez invita al lector a adentrarse en sus versos, precedidos por un prólogo de Natalia Litvinova, que titula “El maestro” y que sitúa al autor en su convulsa época, donde se erigió como un verdadero pionero, que, sin embargo, obtendría el reconocimiento a título póstumo.
 
El volumen, editado con el primor que caracteriza a la editorial madrileña, reúne cuarenta y seis poemas de bellísima hechura. Si de lo viejo nace lo nuevo, el personal estilo de Innokenti Ánnenski preludiará las sendas que habrá de recorrer la poesía rusa en el primer tercio del siglo XX.
 
Entrando de lleno en el libro, podemos observar que los tres primeros poemas tienen en común ese sentimiento de tristeza al que alude el título, asociado a la lluvia, al recuerdo y al tiempo, evocaciones de lo efímero:
 
Siento pena por el último instante de la tarde:

 allí está el pasado, el deseo y la melancolía,

lo que viene, la tristeza y el olvido.
 
La poesía de Ánnenski es colorista, en ocasiones irónica y aunque transida de melancolía, es siempre vital, sus versos nos conmueven y nos incitan a actuar: “si hay que cantar, hazlo como un pájaro:/ con valentía, fuerza y soltura.
 
Innokenti Ánnenski, “el hijo débil de una generación enferma”, hace gala de un tono confesional, directo, que en ocasiones recuerda a posteriores poetas rusos, como Marina Tsvetáieva, pero en su caso ese tono resulta vanguardista, casi premonitorio, veamos un ejemplo:
 
 
Pienso que mi corazón es de piedra,
 
 que está vacío y muerto,
 
 no sentirá nada aunque las lenguas

de fuego se paseen por él.
 
Pero hay dos temas que planean constantemente sobre todo el conjunto: el paisaje, como reflejo del tortuoso interior del poeta, y la muerte, que se materializa en sus múltiples formas (fosa común, testamento, sueño). También la naturaleza adopta un papel primordial en su obra, así la primavera y el otoño se asocian con las estaciones del hombre en dos romanzas, la primavera con la juventud: “Aún no amas, pero créeme:/ no podrás no amar...”; y el otoño con la senectud: “Aunque el sol se oculta en la bruma/ me fatiga su calor.
 
Emoción y elocuencia es lo que destilan estos poemas que, gracias a la encomiable labor de Natalia Litvinova, estimable poeta, alcanzan en nuestro país el lugar de excelencia que ocupan en la poesía rusa contemporánea.
 
 
GREGORIO MUELAS BERMÚDEZ