Melancolía por lo fugaz en Revista de Letras




En 1915 Freud relató en Lo perecedero un encuentro con Rilke en el que, tras un paseo por la naturaleza, se dio cuenta de como el poeta no conseguía disfrutar del paisaje ante la constatación de que toda la belleza allí contenida iba a desaparecer. Freud diría que precisamente ese carácter transitorio es lo que da valor a las cosas, saber que terminarán impele a disfrutar con más intensidad de la vida. La consciencia de la muerte y de la finitud, ser en el tiempo, es precisamente lo que lleva al hombre a intentar doblegar la pulsión de muerte a través de la creación.
 
Fue a través de las redes sociales que me llegó el trabajo de traducción de Natalia Litvinova de la obra de Innokenti Ánnenski. La fuerza del título de la antología, Melancolía por lo fugaz, compuesta por 47 poemas que dan cuenta de las distintas fases de escritura del poeta, vino al encuentro de las lecturas freudianas.  El poema que da nombre al libro sigue así:
 
“El día se va sin dejar rastro.
Amarillea y mira hacia el balcón
el disco nebuloso de la media luna.
Y en la desesperanza de las ventanas abiertas,
las paredes blancas, tristes e inexpresivas.
Ahora la noche vendrá,
las nubes tan negras…
Siento pena por el último instante de la tarde:
allí está el pasado, el deseo y la melancolía,
lo que viene, la tristeza y el olvido.
Aquí la tarde es como un sueño: fugaz y cohibida,
pero para un corazón sin melodías, ni lágrimas, ni perfumes,
donde se han roto y fundido tantas nubes
parece más cercano el crepúsculo que un suave atardecer.”
 
La obra de Ánnenski se nutre de la tradición clásica y del simbolismo francés para crear una poética que no se deja a reducir a ninguna de las dos estéticas y que contiene en sí elementos de la modernidad. De ahí que Anna Ajmátova afirme que, como se cita en la introducción, toda la vanguardia rusa se encuentre contenida en la obra del autor. Entre los diferentes elementos que podríamos destacar, tenemos los ideales románticos como el subjetivismo: “Estoy triste. Estoy agotado./ Escucho los pasos del ciego/ que por las noches tropieza/ sobre mi techo.” Y el transcendentalismo: “o el ocaso silencioso// donde las huellas del sueño imposible/ destellan a través de la niebla.” que se articulan en paralelo con una tendencia a la metatextualidad “siempre se abre frente a mí/ la misma página manchada de tinta.” y la intertextualidad: “En él la Conciencia se volvió poética profecía,/ en él vivían los Karamasov y los demonios”. Todos estos estos puntos, no obstante, quedan subyugados por una reflexión de fondo sobre aquello a lo que Borges llamó la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo y que está en relación con una interpretación heideggeriana de la poesía, esto es, de la palabra creadora que funda al ser en el tiempo.
 
Comencé la reseña hablando de Rilke, Freud y la melancolía. El último poema de la selección, Ego, comienza: “Yo, el hijo débil de una generación enferma”. La frase me llevó al inicio de los Cuadernos de Malte, donde el poeta alemán se pregunta si es allí (en un hospital) donde la gente va a vivir, y que podemos poner en paralelo también con aquella metáfora de Baudelaire en la que equipara al mundo con un hospital en donde cada enfermo codicia la cama del vecino. La certeza de la finitud y la percepción del paso del tiempo en la escisión que se abre entre la vida rural y la nueva vida urbana de la modernidad, donde ese ego se fragmenta (“Estoy en el fondo/ soy un fragmento triste”) para compartir protagonismo con otras fuerzas, son sublimadas en escritura. En El arco y la lira, Octavio Paz afirma que “la poesía es un instante que contiene todos los instantes.” Ese tiempo colmado de sí, que no deja de fluir, en tránsito, es al que asistimos al leer la melancolía de Ánnenski.
 
 
DIEGO GIMÉNEZ